viernes, 30 de noviembre de 2007

II

I

La idiota acaba de sacar una petaca de la mochila. Después voy a ser yo la que la ayude cuando vomite en el baño de la fiesta. Saca también un tupper con gajos de limón y sal de mesa. Tequila. Qué idiota.
Empieza el ritual. Shots servidos en vasitos de plástico y con medidas aproximadas. Antes de tomar todas mis amigas se llevan la sal a la boca al mismo tiempo. Apuran el contenido del vaso sin respirar y después pasan al limón, que esconde el sabor del tequila barato.
La idiota va a tomarse al menos cinco shots. No se anima a ser ella misma. Pero hoy no la voy a sostener cuando se caiga: que vomite donde quiera, yo no me voy a perder un sábado más.

II

La idiota dice tomá. Tomá dicen todas. Tomá tomá tomá. La idiota saca de la mochila una botella de licor de durazno y me dice dale que es rico, esto es mejor que el tequila para empezar y yo no quiero pero las miradas de todas son como la mochila de la idiota en mi espalda pero llena de piedras. Todas las cabezas vueltas hacia mí.
La idiota dice dale. Dale dicen todas. Dale dale dale.

III

lunes, 19 de noviembre de 2007

I

Camino por las calles cansadas. La noche me aplasta y la oscuridad es tanta que no sé si camino con los ojos cerrados. Siempre decías que cuando sonrío mis ojos se encienden; ahora deben tener el color de la noche. Quisiera tragrme las lágrimas con los ojos, comerme cruda toda la impotencia, masticarla despacio y dejarla macerar en la boca, entre la saliva para después, y sólo después, escupirla con fuerza sobre tu cara.
Hoy atendí el teléfono y era tu amante. Dije hola y colgó, pero alcancé a escuchar la respiración agitada y sé que era ella, la pérfida, la puta, y es ella la que me hizo armar las valijas mientras reía y lloraba. Quería terminar de hacerlas antes de que llegaras pero también quería que llegaras antes y me obligaras a volver mi ropa a los estantes, que me obligaras a creer en vos y me hicieses olvidar la respiración del otro lado del teléfono.
Como no llegabas, me arrastré a mí misma y las valijas por las escaleras, detuve un taxi y fui a casa de mis padres. Me llamaste durante toda la tarde y no quise contestar el teléfono, pero por fin te atendí y me dedicaste palabra suaves. Acepté cenar con vos esta noche.
Y ahora camino por las calles ciegas. Cuando llego ya estás abajo. Me abrazás y me dejo inundar por ese abrazo de la misma forma en que voy a dejar que me abracen tus mentiras.
No hubo respiración del otro lado del teléfono. Claro que no. Imaginaciones mías, como siempre.