Camino por las calles cansadas. La noche me aplasta y la oscuridad es tanta que no sé si camino con los ojos cerrados. Siempre decías que cuando sonrío mis ojos se encienden; ahora deben tener el color de la noche. Quisiera tragrme las lágrimas con los ojos, comerme cruda toda la impotencia, masticarla despacio y dejarla macerar en la boca, entre la saliva para después, y sólo después, escupirla con fuerza sobre tu cara.
Hoy atendí el teléfono y era tu amante. Dije hola y colgó, pero alcancé a escuchar la respiración agitada y sé que era ella, la pérfida, la puta, y es ella la que me hizo armar las valijas mientras reía y lloraba. Quería terminar de hacerlas antes de que llegaras pero también quería que llegaras antes y me obligaras a volver mi ropa a los estantes, que me obligaras a creer en vos y me hicieses olvidar la respiración del otro lado del teléfono.
Como no llegabas, me arrastré a mí misma y las valijas por las escaleras, detuve un taxi y fui a casa de mis padres. Me llamaste durante toda la tarde y no quise contestar el teléfono, pero por fin te atendí y me dedicaste palabra suaves. Acepté cenar con vos esta noche.
Y ahora camino por las calles ciegas. Cuando llego ya estás abajo. Me abrazás y me dejo inundar por ese abrazo de la misma forma en que voy a dejar que me abracen tus mentiras.
No hubo respiración del otro lado del teléfono. Claro que no. Imaginaciones mías, como siempre.
Hoy atendí el teléfono y era tu amante. Dije hola y colgó, pero alcancé a escuchar la respiración agitada y sé que era ella, la pérfida, la puta, y es ella la que me hizo armar las valijas mientras reía y lloraba. Quería terminar de hacerlas antes de que llegaras pero también quería que llegaras antes y me obligaras a volver mi ropa a los estantes, que me obligaras a creer en vos y me hicieses olvidar la respiración del otro lado del teléfono.
Como no llegabas, me arrastré a mí misma y las valijas por las escaleras, detuve un taxi y fui a casa de mis padres. Me llamaste durante toda la tarde y no quise contestar el teléfono, pero por fin te atendí y me dedicaste palabra suaves. Acepté cenar con vos esta noche.
Y ahora camino por las calles ciegas. Cuando llego ya estás abajo. Me abrazás y me dejo inundar por ese abrazo de la misma forma en que voy a dejar que me abracen tus mentiras.
No hubo respiración del otro lado del teléfono. Claro que no. Imaginaciones mías, como siempre.
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